Resumen:
En este caso se describe un problema de comportamiento de micción inadecuada en un gato, macho, adulto, castrado, que convive junto a otro gato adulto más joven, macho, castrado. Hay una respuesta favorable a la modificación de conducta y terapia medicamentosa.
Antecedentes: Se realiza consulta etológica a domicilio a dos gatos, machos, adultos, castrados, ambos DSH, que viven con sus propietarios (un matrimonio adulto). El mayor de los gatos tiene por nombre “Perikles” y el menor “Augusto”.
Historia: Ambos gatos habían sido adoptados de gatitos, con tres meses de edad. Perikles era algunos meses menor que Augusto. En las primeras visitas al veterinario de cada gatito se trataron problemas de salud menores, como parásitos externos (pulgas) y otitis. Cada año asistían a control veterinario y vacunas y se encontraban sanos. Llevaban conviviendo seis años y los propietarios no habían encontrado conductas inapropiadas en ninguno de ellos.
Siempre se les había alimentado a la misma hora en el mismo plato y tenían una caja de arena para eliminar.
Desde hace seis meses atrás uno de los gatos, no se conocía cual de ellos, había comenzado a orinar fuera de la caja. Los dos defecaban en la caja de arena. Se descarta cualquier tipo de enfermedad del tracto urinario bajo de ambos gatos. Se decide derivar a consulta etológica con la Dra. María José Ubilla. En la consulta etológica en la casa de los propietarios, se observa que Perikles observa constantemente a Augusto, el cual está escondido bajo una mesa en el comedor, y se nota asustado. Cuando abandona la mesa e intenta acercarse a Perikles, este último se eriza, bufea, mueve la cola en forma horizontal al suelo y hacia los lados. Al observar el comportamiento de alimentación de los gatos, Perikles es el primero en comer, lo hace siempre observando a Augusto y cuando este se acerca al plato (de manera cautelosa y con movimientos lentos), o intenta comer, Perikles bufea y se eriza.
En el curso de la consulta la propietaria relata el problema de micción inadecuada. Además describe la relación de los gatos como normal “siempre se han llevado tan bien”. No habían cambiado la caja de arena, tampoco la marca de arena que utilizaban ni la ubicación de la caja. Tampoco se habían producido cambios en la casa.
El problema había comenzado desde hace seis meses, que coincidía aproximadamente cuando Spot había cumplido tres años de edad.
Diagnóstico Diferencial: Los problemas de eliminación en gatos son el principal motivo de consulta etológica. Este problema no es peligroso como puede ser el de un perro agresivo, pero sí es bastante molesto y desagradable para algunos propietarios, por que puede generar conflictos dentro de la convivencia normal de la familia.
Es esencial determinar el tipo de micción involucrada. En la eliminación inapropiada, el gato orina o defeca normalmente, pero en un lugar inaceptable para el propietario, lejos de la bandeja de deposición. La orina o heces se depositan en cantidades normales, comúnmente sobre el piso (Dominguez, 2001). En este caso nos referiremos solo a la alteración de la micción, dado que la eliminación de heces seguía siendo normal realizada dentro de la caja de arena.
Distinto es el marcaje (rociar orina para marcar el territorio) lo que permite a los gatos comunicarse entre sí. El olor de la orina identifica al gato, e informa de su territorio y su condición reproductora a los otros gatos. Esto lo realizan principalmente los machos enteros. El marcaje por orina puede distinguirse comúnmente de la micción normal por la postura corporal característica del gato y la ubicación de las marcas. El gato comúnmente levanta la cola y rocía 1- 2 ml de orina en una superficie vertical (Dominguez, 2001). En nuestro caso clínico se elimina el comportamiento de marcaje, ya que si bien, gatos no castrados también pueden marcar, es un factor predisponente que el macho este entero, que no es el caso de Perikles, ni de Augusto, además la orina no se encontraba en superficies verticales, ni en pequeña cantidad, como se da en el marcaje, sino que la cantidad de orina encontrada era la normal, sobre el piso, en diferentes lugares de la casa y no sobre superficies verticales. Por lo tanto nos enfocaremos en las posibles causas de eliminación inapropiada y establecer los respectivos diagnósticos diferenciales.
El primer paso del protocolo de diagnóstico consiste en descartar posibles causas orgánicas (Manteca, 2003). Las enfermedades que pueden confundirnos en el diagnóstico son, entre otras: diabetes, neoplasias, osteoartritis, hipertiroidismo, dolor, falla renal, enfermedad del tracto urinario bajo, alteraciones neurológicas, parasitosis, etc (Dominguez, 2001), Debe prestarse especial atención a la enfermedad del tracto urinario bajo, ya que puede dar lugar a cambios en la conducta normal de micción, probablemente como consecuencia del dolor que el gato experimenta al orinar. Según parece, el animal asociaría el dolor con el lugar utilizado para orinar y buscaría entonces localizaciones alternativas. A veces, este cambio en la conducta de micción es uno de los primeros síntomas que muestra el animal (Manteca, 2003). Debido a la historia clínica de los animales, las visitas periódicas del veterinario, el examen físico, la realización de exámenes complementarios (ecografía y urianálisis) y a la falta de otros signos clínicos que pudiesen evidenciar una enfermedad concomitante se descartan estas causas.
Otra posible causa sería la aversión al substrato, bandeja o a la localización de esta (Dominguez, 2001). Si el problema aparece poco después de que el propietario haya cambiado la localización de la bandeja o el material absorbente, puede tratarse de un caso de aversión (Manteca, 2003). La aversión es fácil de descartar en este caso, ya que los dos gatos defecaban normalmente en la caja, la propietaria no había cambiado la ubicación de la caja, ni tampoco el substrato.
También debe considerarse como posible causa la falta de higiene de la bandeja. Uno de los principales motivos de aversión es el excesivo olor amoniaco que puede deberse a que la bandeja no se limpie con la frecuencia conveniente. Es importante saber que al limpiar la bandeja se debe usar un producto que no lleve amoníaco ni olores fuertes, que pueden hacer que el gato aborrezca la bandeja (Dominguez, 2001). Una pobre higiene de la bandeja también se descarta en este caso, la propietaria la limpiaba con regularidad y el hecho de que un gato la este usando para eliminar y el otro para defecar demuestran que el comportamiento no se debe a una aversión de este tipo.
Además existen causas sociales en la micción inapropiada. Los problemas sociales suelen ser desconocidos para el dueño, el cual puede pensar que el problema del gato se debe a una de las causas anteriormente expuestas. Un gato que ha cambiado su lugar de eliminación a hacerlo en la ventana, por ejemplo, puede estar sintiéndose amenazado por un gato callejero que ronda por la casa. Otro problema que puede ocurrir es la ansiedad por separación, este problema es menos frecuente en gatos que en perros, pero ambos desarrollan comportamientos similares: eliminación, vocalización y un gran recibimiento con juegos y saltos cuando el dueño llega a casa. Los comportamientos destructivos no se presentan normalmente en gatos que se dejan solos en casa. Los gatos con ansiedad por separación frecuentemente eliminan en la cama del propietario, la ropa o los muebles.
Los gatos que son asustados por personas y otros animales, como perros, en la casa, pueden huir para evitar el estímulo que los asusta. Si el gato no va a la bandeja para usarla, posiblemente con posterioridad desarrollará una preferencia por alguna superficie y lugar nuevo.
En el caso de casas donde hay más de un gato pueden sostener una lucha abierta, o puede darse agresión pasiva, en cuyo caso la víctima tenga que buscar otra zona donde eliminar por que el gato dominante le impide llegar a la bandeja o lo disuade (Dominguez, 2001).
De acuerdo a las causas sociales se podrían descartar las tres primeras, la ansiedad por separación por ejemplo cursaría con un tipo de eliminación característico y descrito anteriormente, el que no coincide con el problema de este caso en particular; en cuanto a las otras dos causas, no se describieron problemas hacia otros gatos, fuera de caso y tampoco hacia personas u otros animales de compañía, puesto que el núcleo familiar estaba compuesto exclusivamente por los propietarios y los gatos.
La causa más indicativa de este problema sería la agresión entre gatos de un mismo grupo. Esta circunstancia es difícil de descubrir por que los dueños no piensan que exista ningún problema entre sus gatos (Dominguez, 2001), que era exactamente lo que ocurría en este caso, hasta que a lo largo de la consulta se les plantean preguntas al respecto (si un gato es más tímido, si el dominante se pasea por toda la casa y el otro prefiere uno o dos lugares de la casa, etc.). No suelen comer juntos sino que primero come uno y luego el otro se acerca de una manera furtiva mirando a los lados. Muchos dueños piensan que es por que es tímido, pero normalmente es por que se siente acosado de una forma silenciosa por el otro gato (Dominguez, 2001). Esta descripción coincide con el comportamiento que demostraban ambos gatos y con las respuestas emitidas por los propietarios a lo largo de la consulta de comportamiento, además si descartamos las causas orgánicas, las de aversión y las otras sociales, lo más correcto sería inclinarse por esta causa.
Dos o más gatos viviendo juntos dentro de un mismo domicilio es una situación cada vez más habitual. En la sociedad actual el gato ha encontrado su sitio dentro de nuestros domicilios como nuevo animal de compañía. Esto ha supuesto la aparición de patologías de comportamiento que antes no era posible de observar. Sin duda los problemas de agresiones entre gatos dentro de un mismo domicilio es algo por desgracia cada vez más frecuente y que a veces no tiene fácil solución.
El gato por definición no es un animal social. No en el sentido en que lo entendemos para el perro. Por naturaleza, no se agrupa para vivir en manada y no comparte ninguna tarea con los demás gatos. Sólo en algunas excepciones ha sido posible ver pequeñas agrupaciones de gatos. Son los matriarcados. En las demás ocasiones el gato puede vivir solo sin necesidad de entrar en contacto con otros gatos. Esto supone que no precisen de pautas sociales para la convivencia en grupo. Por ello no podemos hablar de una estructura social jerárquica, ni de posturas de sumisión o dominancia (Coll, 2004).
Según Manteca (2003) el gato puede mostrar varias posturas con una clara función de comunicación. La postura de agresividad defensiva es variable. En ocasiones, el gato se agacha queda con el vientre en contacto con el suelo y las orejas plegadas; en este caso, indica que quiere evitar cualquier tipo de interacción y solo mostrará conducta agresiva si no tiene la posibilidad de escapar. En otras ocasiones, el animal adopta una postura que incluye la presentación lateral del tronco, las extremidades totalmente extendidas, el lomo arqueado y la cola erguida o en posición de U invertida. Frecuentemente el animal muestra piloerección en la cola y en el dorso. Las orejas pueden estar plegadas hacia atrás. Esta postura, que los gatos adoptan frecuentemente, por ejemplo, cuando se les aproxima un perro, indica también la intención de no agredir a no ser que se le persiga o acorrale, pero con un mayor grado de reactividad que la postura anterior y, por lo tanto, una mayor probabilidad que finalmente se produzca una interacción agresiva. La postura de la agresividad ofensiva incluye contacto visual directo, extensión completa de las patas posteriores, grupa algo elevada, orejas ligeramente dirigidas hacia atrás y piloerección de la cola, que, sin embargo, no se mantiene erguida, sino pegada a las patas posteriores. Las posturas de sumisión activa del perro, que incluyen secuencias motoras propias de los cachorros, no tienen equivalente en el gato.
En los gatos que viven en bajo un mismo techo vemos aparecer relaciones de apego, familiares, respetuosas o simplemente de tolerancia o incluso agresivas. Por tanto vemos que pueden crear ciertos vínculos entre ellos que serán más o menos intensos en función de cada individuo (Coll, 2004).
El gato se apega al territorio como el perro a su grupo. Este territorio lo divide en diferentes campos de actividad y dichos campos están relacionados entre ellos por marcas faciales que el animal deposita en su entorno de forma frecuente. Cualquier alteración de su entorno produce una alteración en el gato. La presencia de animales en ciertas zonas de su territorio, zonas de aislamiento, pueden desencadenar agresiones con mayor facilidad que en otras zonas. A pesar de esto, es posible actualmente ver gatos que lleguen a compartir las zonas de aislamiento con otros gatos o con los seres humanos con los que conviven, así las condiciones de vida en que los encontramos actualmente modifican en cierta manera ciertos comportamientos de determinados animales. A pesar de su gran poder de adaptación, existen patologías que surgen por su característica de animal poco sociable, con dificultad para vivir en grupo. Aparecen entonces las conocidas agresiones entre gatos, la Ansiedad de cohabitación . Esto suele desencadenarse por la entrada de otro gato en el mismo territorio. No importa que sea gato adulto, macho o hembra, un gato de pocas semana, meses o días. En otros casos se produce el problema con animales que ya convivían juntos. Por la salida de uno de los gatos del grupo en forma momentánea, como visita al veterinario, visita a la peluquería, residencia, caída del balcón, etc. En algunos casos no hay salida de ningún individuo y sin embargo aparecen síntomas de ansiedad cohabitación (Coll, 2004).
En este problema, también conocido como agresividad intragrupo, existen tres estadios (Beata, 2002):
Estadio 1: no patológico. Distanciamiento entre los gatos y amenazas ofensivas o defensivas.
Estadio 2: El gato activo presenta agresión ofensiva, incrementa la ocupación del espacio. El gato pasivo presenta agresión defensiva y disminución de la ocupación del espacio. Además hay ausencia de marcajes familiares entre los dos gatos, ausencia de comportamientos de agresión hacia los propietarios e intervención disruptiva de los propietarios.
Estadio 3: El gato activo presenta obnubilación, hipersensibilidad, hipermotricidad, agresión irritativa, a veces redirigida e invasión de los campos de aislamiento del gato pasivo. El gato pasivo presenta ansiedad permanente, acompañada de alopecia extensiva y restricción del espacio vital.
Según estas descripciones en nuestro caso coincidiría más bien con el estadio 2, también llamado “escaramuzas” por la autora Coll.
En este caso podemos diferenciar un gato activo que padece una situación de hipervigilancia (dedica la mayor parte del tiempo a vigilar cualquier movimiento del otro congénere), y el gato pasivo, que huye ante las amenazas del anterior (permanece recluido en su espacio) además en caso de desplazarse lo hace con movimientos lentos, cautelosos, agazapado, lo que puede ser un estímulo para el otro gato (Coll, 2004). El gato activo del presente caso sería Perikles, el cual demostraba hipervigilancia, ocupación de un mayor espacio y comía primero que Augusto. A diferencia de Augusto que correspondería al gato pasivo, el cual además de la reducción de su espacio, movimientos cautelosos estaría orinando fuera de la caja por ansiedad (micción por ansiedad).
Tratamiento: Es conveniente tratar a los dos gatos, a uno para reducir la agresividad y la toma de ocupación del espacio y al otro para disminuir su sensibilización fóbica y su reducción de ocupación de espacio. Hace falta la rehabituación y el contracondicionamiento de los dos gatos. Hay que activar los alomarcajes frotando sobre el segundo gato las feromonas de familiaridad del primer gato, feromonas recogidas en una compresa estéril de las secreciones de las glándulas de la región malar. También se debe regular la ocupación del espacio (Beata, 2002).
En este caso se opto por una terapia de modificación de conducta, para ello se distribuyeron cajas de eliminación en diferentes sitios de la casa. Respecto a la comida también se puso en diferentes sitios y el agua también. En el gato agresivo (Perikles) se utilizaron estímulos aversivos, arnés y correa. Cada vez que mostrase algún comportamiento agresivo se le da un “tironcito” a la correa. También se le puso un cascabel para que Augusto tuviese conocimiento en donde se encontraba su congénere.
Cuando los dueños no se encontraban en casa para supervizar los gatos se separan: el agresor, Perikles, se deja en una jaula de transporte, de esta forma Augusto se podría mover libremente por la casa y hacer una adecuada ocupación del espacio, que tenía reducido.
Otra medida es la de determinar la distancia apropiada para a alimentación de los gatos. Primero, cuando la comida es pellet, los platos se ponen bastante alejados, la distancia será acorde a la que Augusto no muestre temerosidad y esta distancia se va acortando poco a poco, hasta lograr la mayor proximidad posible, sin que ninguno de los gatos muestre señales anormales. Y se recomienda que cuando se de comida de lata esta se sirva a los dos gatos juntos.
Seguimiento: Se confirma por parte de los dueños que el gato víctima, Augusto era el que no utilizaba la caja. Luego de siete semanas de tratamiento no había progreso una vez que llegaban a la etapa de tenerlos en el mismo cuarto, la víctima huía. Por esta razón se decide dar tratamiento farmacológico a la víctima, se opta por diazepam, en dosis de 2,5 mg, P.O cada 12 horas.
El tratamiento en el estadio 2 requiere no sólo de la reorganización del espacio, sino además la utilización de farmacoterapia, ya que encontraremos que determinados comportamientos de los animales se hallan alterados, siendo ello claro signo de ansiedad. Para controlar la agresividad del gato activo se puede utilizar clomipramina, fluoxetina o seleginina; en el gato pasivo nos interesa realzar su comportamiento exploratorio y para ello contamos con la seleginina o si las manifestaciones de ansiedad muy marcadas, podremos utilizar antidepresivos (Coll, 2004).
En este caso se optó por una benzodiacepina (diazepam), ya que en general todos los fármacos de este grupo poseen acciones ansiolíticas, tranquilizantes/ sedantes y relajante muscular central (los efectos hipnóticos y anticonvulsivantes son más dependientes de cada molécula en particular). Las benzodiacepinas disminuyen la ansiedad y el estrés sin deteriorar las funciones neurológicas, ni disminuir la actividad general en forma significativa, a dosis terapéuticas (De Lucas, 2004).
A los tres días de este tratamiento la víctima comienza a “combatir” durante los episodios de agresividad pasiva.
A los doce días Perikles comenzó a desistir de sus ataques (miradas fijas).
Luego de tres semanas se fue eliminando el uso de la benzodiacepina y luego de nueve semanas el problema fue resuelto.
Referencias
Beata, Claude. 2001. Etología clínica veterinaria. Asociación Madrileña de etología clínica veterinaria.
Coll, Victoria. 2004. Etología clínica de perros y gatos. Apuntes Magíster Etología clínica y Bienestar Animal. Universidad Complutense de Madrid.
Dominguez, Cristina. 2001. Etología clínica veterinaria. Asociación Madrileña de etología clínica veterinaria.
Manteca V., Xavier. 2003. Etología clínica veterinaria del perro y del gato. Gráfica In- Multimédica SA. Barcelona, España.
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